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Marco Antonio Andrade Silva

¿Dónde están nuestros egresados? — Autor: admin publicado: December 1, 2014 a las 6:33 pm

Un 15 de septiembre pero de 1979 arribé a este planeta y a esta ciudad. Recuerdo con mucho orgullo la intención que desde los 3 años manifesté para algún día ser abogado, no se si lo decía por seguir el gran ejemplo de mis tíos o como producto de la inocencia que reflejaba una gran premonición por la que lucharía el resto de mi vida; tal vez por ambas.
Mis padres, Tere y Marco Antonio, gente de trabajo y de esfuerzo, tuvieron a bien generar el primer acercamiento con las escuelas de La Salle. Corría el año de 1986 cuando por primera vez entraba por aquella puerta en la calle de Galicia 8 que parecía la entrada a una gran fortaleza. En efecto, el Colegio Simón Bolívar de Mixcoac, me estaba dando la bienvenida.
Recibidos fuimos por el Hno. Javier Bordes, quien con gran entusiasmo saludaba a los novatos que ese gran día ingresábamos a cursar la primaria. Allí trascurrieron los primeros 6 años de una tradición académica lasallista en la familia, durante los cuales la miss Marthita se encargó de que la ortografía fuera una de mis virtudes, el Hno. Enrique, actual rector de la ULSA, vigilaba estrictamente el hábito de la disciplina, los zapatos aseados y el cabello impecable, el Profe Rafa consolidó la natación como mi deporte favorito, mientras el buen Chucho nos vendía las tortas y los boings de triangulito en la cooperativa escolar que hacíamos explotar cuando finalizaba el recreo.
Al término de esa etapa ya me esperaba la Secundaria Simón Bolívar en la calle de Manzano. Ahí conocí a grandes amigos que conservo en la actualidad. Cada vez que tenía clase de física con el Profesor Longinos o química con el Profesor Benito se incrementaba mi ilusión de estudiar la carrera de derecho. El basketball sustituyó a la natación y teníamos un equipo con el que ganamos varios torneos.
Seguía la tradición lasallista y la escuela preparatoria de la Universidad La Salle me aguardaba. Sin temor a equivocarme fueron de los mejores años de mi vida. Dificultades nuevamente con química, física y algo de complicaciones con algebra y dibujo forjaron mi carácter y fortalecieron mi intención de estudiar derecho hasta que llegó ese momento. Elegí área IV previamente a estudiar la carrera de abogacía donde el Lic. Carlos Ceseña fuera quien nos impartiera las breves y a veces no tan claras notas de derecho.
Conocí también a varios de mis mejores amigos del alma, compañeros de no escasas anécdotas de esas que llenan el corazón y te hacer reír con el hecho de recordarlas. Lo que no se le ocurría a uno se le ocurría al otro. Tema complicado era que alguna mujer tuviera que pasar por los patios de la prepa a la hora de los descansos porque los silbidos no cesaban y en ocasiones hasta calificaciones se colocaban en las ventanas. Entre el Ángelus de los jueves, las clases de historia que impartía gustosamente Don Fer, las etimologías que tanto me sirven de Don Torres Lemus, las tortas al pastor y los tacos de canasta, transcurrieron esos tres maravillosos e inolvidables años.
Pero como sucede en todo, no hay fecha que no se cumpla, plazo que no se venza, ni deuda que no se pague. Ya el año de 1998 implicaba el inicio de mi más grande sueño, ingresar a la gloriosa, majestusa y honorable Facultad de Derecho de la Universidad La Salle.
En mi alma mater, aprendí que la legalidad y la justicia son conceptos que raras veces coexisten, incluso en las propias aulas. Estaba viviendo mi sueño de ser aprendiz de grandes abogados; Luis Rodríguez Manzanera, Fernando Rincón, Héctor Segovia Tavera, Daniel Rosales, Ricardo Villalobos, Antonio Barbará, Fernando Rivera, Martinez y Martinez, forjaron con los metales más sublimes mi alma jurídica.
Como pasa con la mayoría de los estudiantes de derecho, la causa penal y la defensa de los derechos de los desprotegidos me inspiraban. Fue una visita al Servicio Médico Forense la que me hizo revirar y descubrir mi vocación de abogado en las ramas del derecho civil y administrativo, mismo que aprendí pasanteando en diversos despachos y en la Notaria 147 del D.F.
En séptimo semestre, cursando la materia de Derecho Fiscal recibí la invitación de mi profesor para incorporarme a la Unidad de Legislación de Legislación Tributaria de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Ahí descubrí mi vocación de abogado en el servicio público, teniendo la oportunidad de participar en diversas reformas a los ordenamientos fiscales, aprendiendo directamente de los grandes tributaristas.
Después de casi 11 años en la Secretaría de Hacienda, tengo el honor de desempeñarme como Titular del Órgano Interno de Control en la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios donde pongo a prueba diariamente el temple y los conocimientos de derecho administrativo y gracias a la invitación de mi querido amigo el Maestro Héctor Segovia Tavera formo parte de la mesa directiva de la Asociación Mexicana de Abogados Lasallista, donde ocupo el puesto honorífico de Tesorero.
A la Salle debo, y debo mucho, ya que en esos 17 años de educación lasallista estuve becado, sin lo cual hubiera sido imposible estar narrando este sueño que se hizo realidad con mucho esfuerzo, con buenas calificaciones, con desveladas, con ánimo, con agallas, pero sobre todo con el apoyo de los hermanos lasallistas con quienes estaré en deuda eternamente.
En la Salle estudié, competí, me divertí, encontré a mis mejores amigos, aprendí de grandes catedráticos, pero sobre todo comprendí en valor del honor, el honor que pocos tenemos de ser Lasallistas!!
“Indivisa Manent”.

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