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Manuel Villegas

¿Dónde están nuestros egresados? — Autor: admin publicado: December 1, 2014 a las 3:18 am

“El que pide poco, ni poco le va a tocar”. MV

Recientemente he regresado a mi Universidad, esta vez apoyando a otros ex alumnos en la Incubadora de Negocios de la ULSA. Hace un par de meses me invitaron a una sesión de emprendedores, en un salón donde estoy casi seguro que un día tomé clases hace 9 años, cuando el futuro era eso, futuro.
Me han dado la oportunidad de hacer una semblanza de mí hasta ahora y compartirla con la comunidad lasallista, espero que algunos la encuentren de utilidad. Empezaré con un pensamiento: “El que pide poco, ni poco le va a tocar”. Debemos ponernos metas altas.
En este momento estoy muy cercano a firmar un convenio para ser acelerado y próximamente asociarme a una de las empresas más grandes del mundo: Telefónica.
Hace unas semanas participamos en un concurso de su aceleradora de empresas de Tecnología, Wayra, donde quedamos seleccionados para la generación Wayra Academy México 2014, abriendo posibilidades que quizá una semana antes de ser premiado, no se veían nada cercanas. Ahora veo hacia atrás y sigo los rastros de dónde empezó esta historia. Les platicaré algunas cosas que recuerdo y que forman parte de lo que me ha traído a donde estoy hoy.
Siempre fui un niño de “carácter especial”, terco y enojón, que no entendía el “ahorita” de los adultos. Vagamente recuerdo que les causaba risa cuando les contestaba fúrico “Ahorita es ahorita”. Hoy en día sigo pensando lo mismo.
Fui el de en medio, el sándwich. He leído que los niños sándwich forman una personalidad independiente, al no tener toda la atención del primogénito o de la hija más pequeña (fue el caso en mi familia), aunque aclaro que siempre tuve la atención necesaria en casa. Mi mamá fue una persona que nos inculcó mucha disciplina y respeto. En los estándares de hoy se podría decir que era muy dura. En los estándares de hoy, estoy muy agradecido en cómo nos educó. De mi papá aprendí entre muchas otras cosas, la limitación. Mi familia es el ejemplo de muchas familias mexicanas en las que una pareja se esfuerza mucho para cambiar la precaria situación que vivieron de infancia y que piensan en dar un mejor futuro a sus hijos; dar una mejor educación haciendo grandes sacrificios e inculcando buenos valores. Esa fue la apuesta de ellos. Hoy entiendo que muchas veces esa apuesta pudo estar fuera de su alcance y sin embargo, ellos la alcanzaron.
Cuando era niño casi todo lo que pedía tenía una respuesta automática: NO. Muchas veces porque no se podía, otras veces porque… la verdad, no entendía por qué. Pero ante el NO, formé una mente que buscaba un argumento para ganar un SÍ. No sé si fue consciente o inconsciente, pero mi papá me hizo negociador desde pequeño. De él también heredé el espíritu emprendedor. Conocí a un niño que me decía que cuando fuera grande iba a tener coches, casas y viajes y lo llamaban loco por pensar así. Yo me dije que quería ser como ese niño, como mi papá.
Pasaron los años y entré a la preparatoria de La Salle, una etapa muy buena para mí porque conocí a mi mejor amigo, Arturo Alfaro. Asistimos a la misma escuela desde la primaria pero fue en la preparatoria donde realmente nos conocimos.
Descubrí la carrera de Ingeniería Industrial y supe que eso quería estudiar; me agradaba su versatilidad. Me quedé en la Salle a estudiar la universidad donde puedo decir que también tuve grandes experiencias y conocí un grupo de excelentes amigos que hasta el día de hoy frecuento; nos hicimos muy unidos. Uno de ellos es incluso mi socio ahora en la aventura emprendedora. De hecho, desde que estuvimos en la universidad, participamos en el primer concurso de emprendedores de la ULSA.
Si yo tuviera que definir el impacto que La Salle tuvo en mí, sería su comunidad. Antes que los alumnos, hay familias con grandes valores y esas familias confían en que sus hijos se formen con los principios de La Salle. Creo que eso es lo que la mayoría de los que estudiamos aquí compartimos, aquí reside la importancia de la Universidad, en su capacidad de convocatoria de gente con valores.
No por nada uno percibe en La Salle que hasta en Álgebra, el mensaje es que uno más uno es igual a dos pero no olvides que la persona es lo más importante. Es algo que cuando estamos en las clases vemos tan normal y cuando salimos al mundo real vemos que no todos lo viven y lo creen así.
Saliendo de la universidad tuve oportunidad de trabajar en grandes empresas, las más importantes en su ramo. Deloitte, Procter & Gamble y Walmart fueron mis primeras experiencias profesionales. En todas aprendí mucho y estoy agradecido. En todas vi áreas de oportunidad de lo que yo no quisiera en una empresa. Aprendí que yo tenía que hacer algo que me gustara y apasionara, y, aunque a mis amigos y familia les pareció la peor locura del mundo en ese momento, fue por esto mismo que renuncié un día sin más a una de ellas. Cinco meses sin trabajo vinieron después pero en retrospectiva hoy estoy seguro de que fue una de mis mejores decisiones.
En mi entrevista de reclutamiento en Walmart la primera pregunta fue “¿Tienes experiencia en Bienes Raíces?” y ante la negativa me cuestionaron “Entonces, ¿Qué haces aquí?”. Mi respuesta fue “Busco una oportunidad. Aprendo y aplico rápido”. Y me dieron la oportunidad. De cero logré obtener un buen crecimiento que pronto tuvo reconocimiento ya que encontré algo que me apasionó y en lo que era bueno.
Tres años después, en una reunión de amigos de la universidad, cuando yo iba a presumir el auto ejecutivo que me habían asignado (que representaba el gran esfuerzo que había puesto en mi trabajo), mi mejor amigo de la universidad me dijo que deberíamos hacer una maestría. Yo ya lo había considerado y me parecía una buena idea. Pero cuando me dijo que la hiciéramos en el IPADE, la idea ya no sonó tan buena. La percepción que yo tenía en ese entonces del IPADE era como “inalcanzable”; una escuela para ricos, para hijos de empresarios importantes, políticos o gente que rompe los estándares de IQ general (cosas que yo no era). Además tenía el pequeño detalle de ser la escuela más cara del país y el plan era entrar en un programa de tiempo completo. Así es que no solamente tenía que renunciar a mi trabajo sino que no iba a poder trabajar 2 años y además me iba a endeudar de una manera épica. Una locura sin duda. “Sí, ese es el plan” fue la respuesta de mi amigo.
A veces los límites los ponen nuestras propias percepciones, pues si bien el IPADE es una institución de alta exigencia, no eran esos elementos externos que pensaba los que ellos buscaban para ingresar a la escuela sino más bien la capacidad y determinación que uno tiene como persona.
Fue una decisión que medité por un mes. Recuerdo también el día que me dieron el recorrido y me llevaron al auditorio principal, donde me mencionaron que se realizaban los eventos más importantes, incluyendo la graduación. En ese momento me vi claramente en mi futura graduación acompañado de mi familia, sentado hasta adelante. Ahí decidí que haría el proceso de admisión y si me aceptaban ya resolvería cómo solventar los gastos. Finalmente me aceptaron.
El día que platiqué con mis papás de mi decisión, cuando ellos habían visto por años que estaba bien y creciendo en mi trabajo y que no tenía aparente sentido mi elección (renunciar a un buen empleo en una gran empresa), recuerdo que mi mamá lloró. Creo que esta fue mi primera experiencia emprendedora documentada. Mi primera incomprensión. Enseguida mi papá me dijo que ambos confiaban en mí y que me apoyaban.
Lo siguiente fue pensar en cómo lograr hacer la maestría así es que renuncié a mi empleo varios meses antes de iniciar clases y me puse a intentar negocios de bienes raíces por mi cuenta (lo que había aprendido bien en mi trabajo). Gracias a esto, logré solventar los gastos de todo el programa. Con sus respectivos problemas, no fue tan fácil como suena. La vida no siempre es como uno la planea.
En la Maestría fue donde decidí aprovechar la pausa profesional para retomar la vocación emprendedora. Fueron varios años de comodidad corporativa para mí que silenciaron esas voces interiores que toda mi vida me habían hablado. Tuve la fortuna de conocer a mi primer socio, Héctor León. Él es Ingeniero en Sistemas y resultamos buen complemento. Juntamos el ¿qué? con el ¿cómo? Yo tenía unas ideas que no sabía cómo hacerlas y él sabía cómo desarrollar pero no tenía una idea de qué hacer en particular. Terminamos la Maestría y decidimos continuar trabajando juntos.
A lo largo de 2 años hemos trabajado en un par de desarrollos, incluyendo la experiencia necesaria de los errores, desarrollos que decidimos guardar en la congeladora y finalmente hace un año empezamos a trabajar en el proyecto que hoy estamos por despegar: Capptú. Nuestro proyecto es una plataforma tecnológica donde queremos formar un banco de imágenes de contexto local que mejore la comunicación gráfica de los contenidos que vemos todos los días. En una analogía, es como un Instagram donde puedes vender tus fotos de celular para que puedan ser utilizadas en páginas web, contenido editorial y material comercial. Queremos generar una mejor identificación en la comunicación con consumidores, principalmente en Latinoamérica.
A lo largo de este desarrollo gente valiosa para mí creyó en el proyecto y se asoció con nosotros: mi amigo de universidad y maestría, Adrián Chávez y un profesor del IPADE y buen amigo, Jorge Peralta.
Hace unas semanas aplicamos a la convocatoria de Wayra, la aceleradora de empresas de Telefónica, que además, es la aceleradora de empresas de TI más grande del mundo. Tras una serie de presentaciones, quedamos seleccionados en los 6 proyectos que conformarán la generación 2014 de México. Nos albergarán en sus instalaciones, nos darán mentoría y asesoría técnica especializada así como una inversión que eventualmente nos hará socios de Telefónica, donde podremos aprovechar el respaldo comercial de sus empresas como Movistar, Terra, etc.
Esto es un nuevo principio. Una nueva etapa. Ha sido como los cohetes que hemos visto en las películas, hay partes que tienen que irse quedando para dar el impulso a la cabina, el proyecto más importante. Han existido grandes fallas, tropiezos y externalidades que me han hecho caer de rodillas varias veces. Cada vez que esto me ha pasado pienso “En un año te vas a reír de lo que hoy estás llorando”. Vale la pena seguir adelante. Uno descubre que su capacidad de resistir es increíble y la esperanza es poderosa. Uno aprende a caminar sobre lo que pensaba que el abismo; más allá del suelo firme y conocido, caminar en la incertidumbre ya no da miedo. No hay plan B, no hay respaldo, sólo hay un camino hacia tu meta. Compraste boleto de ida solamente. Tal vez hay que rodear un poco para librar obstáculos pero el horizonte debe permanecer claro y alto. Y un día la recompensa será buena, es cuestión de tener fe.
Si le pides poco a la vida, ni poco te va a tocar. Pero la vida te pedirá a cambio exactamente lo mismo que tú le pidas.

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